EPÍLOGO 

Jorge Santayana, poeta y filósofo, decía que “Los pueblos que olvidan su  historia están condenados a repetirla”. 

El golpe de estado franquista arrancó miles de niñas y adolescentes de sus  familias, de aquella vivencia traumática algunas quedaron huérfanas en tierras de  acogida; otras volvieron con el miedo pegado al cuerpo y la vergüenza escondida  de ser hijas de una esperanza de libertad, cultura e igualdad. Esa vergüenza tuvieron que ocultarla en la noche tenebrosa de la dictadura franquista, y, tan solo,  liberaban su vivencia entre la vecindad cómplice silenciosa de la verdad, a espaldas  de otras cómplices silenciosas del miedo. Muerta la primavera, nos dejó un largo  invierno de supersticiones, incultura y muerte 

Hoy gritamos con fuerza y dignidad la primavera perdida y escupimos la  violencia fascista de la guerra y la dictadura franquista. Destruyeron la esperanza  que socializó tierras y conocimiento que trenzaba la igualdad de las personas. 

Hoy, nietas simbólicas de aquellas niñas de la guerra dramatizan el recuerdo  de aquella infancia perdida. Infancia y juventud de dos siglos recrean un encuentro  reparador de aquella involución fascista. 

Hoy, como ayer, el fascismo se extiende por Europa. 

Hoy, el franquismo sigue en las togas, los uniformes, la prensa y el  parlamento; solo nos quedan las calles para parar el péndulo de los horrores. 

Recordar es un deber preventivo. Este ejercicio de memoria democrática y  reconocimiento de las víctimas son anticuerpos democráticos contra el virus  fascista. 

Iñaki Barrutia Arregi